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July 20, 2025 – Sixth Sunday after Pentecost
Amos 8:1-12; Psalm 52; Colossians 1:15-28; Luke 10:38-42
The Gospel reading from Luke holds a tension I suspect many of us feel. Both Mary and Martha are sympathetic, deeply relatable characters. We see Martha working hard to offer hospitality—and we know what that kind of service costs: mentally, emotionally, physically, financially. At the same time, Mary sits at the feet of Jesus, doing something that might not look like much from the outside. Yet we’re led to understand it carries deep spiritual weight.
The Greek word for disciple—μαθητής (mathētēs)—means “one who learns,” a student. In biblical usage, it especially connotes someone who sits at the feet of a teacher to receive. That is exactly what Mary is doing. She isn’t merely sitting there in idle devotion—she’s taking the posture of a disciple.
Here’s where the tension creeps in. Expressions like “don’t be a Martha” have entered Christian vocabulary. They’re often meant lightheartedly, but they risk turning Jesus’ gentle correction into a tool for judgment. That misses the point. Jesus does correct Martha—but not with condemnation. He names her anxiety and distraction, not to shame her, but to lovingly draw her back to what matters most. It’s also worth noting that his comment comes only after Martha speaks sharply to Mary. Jesus de-escalates the moment and responds with care.
At the center of this short but powerful scene is something every disciple must remember: there is a time and place for many things—service, preparation, action. Yet discipleship comes first. Sitting at Jesus’ feet isn’t a luxury or a spiritual reward to enjoy once the work is done. It’s the starting point. And from that place, everything else—hospitality included—takes its proper shape.
Some commentaries take the thought further: Jesus came to serve us. As he says in Mark 10:45, “The Son of Man came not to be served but to serve…” He wanted Martha to know this.
For women especially, this passage carries healing. In a culture that often defines a woman’s worth through acts of service alone—especially hospitality—here is Jesus affirming a woman’s place as a disciple: a learner, a theologian, a bearer of the Word. Mary is not scolded for neglecting duties; she is praised for choosing “the better part.” This is not a rebuke of Martha’s character—it’s an invitation to all of us, men and women alike, to remember that discipleship isn’t optional. It is the ground from which our fruit takes root and blooms.
If the Gospel gives us the shape of discipleship—sitting, listening, receiving—then Paul’s letter to the Colossians reveals its power. Christ, he writes, is the image of the invisible God. Through him all things were created. In him all things hold together. And through him, all things are reconciled.
That’s the larger horizon of discipleship: to know the One in whom all things are reconciled. Paul, that tireless disciple, doesn’t just admire Christ—he is rooted in Christ’s wisdom and proclaims it with his life. Mary models the posture of a disciple. Paul shows us its reach.
Discipleship begins at Jesus’ feet—but it doesn’t end there. It spills out into proclamation, reconciliation, hospitality, and wisdom. The better part Mary chose? It’s not the only part. But it is the first. And everything else flows from it.
Dr. Wendy Zadeh is a neurologist at Broadlawns Medical Center in Des Moines, Iowa.
"La Buena Parte"
Memorándum para los que predican
20 julio, 2025 – Sexto domingo después de Pentecostés
Amos 8:1-12; Salmos 52; Colosenses 1:15-28; Lucas 10:38-42
Por la Rvda. Wendy Zadeh
La lectura del Evangelio de Lucas tiene una tensión que me imagino que muchos de nosotros sienten. Ambos María y Marta son agradables, caracteres con quienes podemos relacionarnos profundamente. Vemos a Marta trabajando duro para ofrecer hospitalidad – y sabemos lo que cuesta esa clase de servicio: mentalmente, emocionalmente, físicamente, financieramente. Al mismo tiempo, María se sienta a los pies de Jesús, haciendo algo que no parece mucho de afuera. Pero, recibimos la idea que lleva peso profundo y espiritual.
La palabra griega para discípulo – μαθητής (mathētēs) – significa “uno que aprende,” un estudiante. En el uso bíblico, especialmente connota a alguien que se sienta a los pies del maestro para recibir. Eso es exactamente lo que hace María. No se sienta solamente en devoción – toma la postura de un discípulo.
Aquí entra la tensión. Expresiones como “no seas una Marta” han entrado el vocabulario cristiano. Frecuentemente tienen una intensión ligera, pero arriesgan convirtiendo la corrección dulce de Jesús en una herramienta para juicio. Eso pierde el punto. Jesús sí corrige a Marta – pero no con condenación. Nombra su ansiedad y distracción, no es para deshonrarla, sino para animarla que se dé cuenta de lo que importa más. También vale la pena notar que su comentario viene solamente después de que Marta habla bruscamente a María. Jesús reduce la intensidad del momento y responde con cariño.
Al centro de esta escena corta pero poderosa es algo que cada discípulo debe de acordar: hay un tiempo y un lugar para muchas cosas – servicio, preparación, acción. Pero el discipulado viene primero. El sentarnos a los pies de Jesús no es lujo ni recompensa espiritual para disfrutarnos una vez que ya es hecho el trabajo. Es el punto de partida. Y de ese lugar, todo lo demás – incluso la hospitalidad – toma su forma apropiada.
Algunos comentarios toman el pensamiento más allá. Jesús vino para servirnos. Como dice en Marcos 10:45, “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir . . .” Quería que Marta supiera esto.
Especialmente para mujeres, esta lectura lleva curación. En una cultura que frecuentemente define el valor de una mujer solamente por actos de servicio – especialmente hospitalidad – aquí está Jesús afirmando el lugar de una mujer como discípulo: una que aprende, teóloga, portadora de la Palabra. Jesús no regaña a María por descuidar a sus deberes; sino la alaba por escoger “la buena parte.” Esto no es regaño del carácter de Marta – es invitación a todos nosotros, ambos hombres y mujeres, para que acordemos que el discipulado no es opcional. Es la tierra desde que nuestros frutos echan raíces y florecen.
Si el Evangelio nos da la forma del discipulado – sentando, escuchando, recibiendo – entonces la carta de Pablo a los Colosenses revela su poder. Cristo, escribe, es la imagen del Dios invisible. Por él fueron creadas todas las cosas. En él todas cosas se pegan. Y por él, todas cosas son reconciliadas.
Ése es el horizonte más grande del discipulado: conocer a Él en quien son reconciliadas todas cosas. Pablo, ese discípulo incansable, no solamente admira a Cristo – es arraigado en la sabiduría de Cristo y la proclama con su vida. María modela la postura de un discípulo. Pablo nos enseña su alcance.
El discipulado comienza a los pies de Jesús – pero no termina allá. Se esparce en proclamación, reconciliación, hospitalidad, y sabiduría. ¿La buena parte que escogió María? No es la única parte. Pero es la primera. Y todo lo demás fluye de ella.
La Dra. Wendy Zadeh es neuróloga en el Centro Médico Broadlawns en Des Moines, Iowa.
